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Me di cuenta hoy que ya estaba muerto

¿A dónde se va el deseo cuando ya no lo encuentro? ¿A dónde se quedaron los sueños incumplidos que ya no despiertan ansias? Si tan sólo Freud o Jung hubieran contestado a esas preguntas, tal vez mi vida, vaya la de todos, sería más fácil. Así es como he encontrado hoy la verdadera tragedia de vivir, cuando en el espejo veo un rostro que no reconozco. ¿Será tal vez la realización Lacaniana del espejo lo que hoy observo? Es decir, así como el infante que por primera vez se encuentra a sí mismo en el espejo y no puede reconocerse porque nunca antes se había visto, creo yo también ver hoy a un usurpador que ha tomado mi cuerpo, mi rostro lo ha cambiado, y aunque todo se ve igual, al momento de verme veo sólo a un extraño. Se parece a mí, frunce el ceño como yo siempre lo hice, y la luz que proviene del espejo coincide con lo que las leyes fundamentales de la óptica esperarían fuera mi persona. Pero no soy yo, falta algo, me falta alguien, me falta el deseo. ¿A dónde se fue el deseo? ¿Cuándo lo perdí que ni siquiera pude darme cuenta que se había ido?

            El camino hacia el deseo es equivalentemente tortuoso a los placeres que su perseguimiento produce. Es una senda que iterativamente nos envuelve, una y otra vez. Desear es performativo y regenerativo, se produce a sí mismo y también en sí mismo se procrea para dar vida a lo que será su siguiente acto. Nunca falla, o al menos a mí nunca me había fallado. Tan sólo tenía que despertarme para sentir un renacimiento, y con él los álgidos anhelos por aquella persona, cosa, evento, o vivir que con ansías locas debía de tener. En el laberinto de mis sueños, Freud se hubiera lamentado, porque nunca fue la fantasía tan fuerte como para realizarse únicamente en las ficciones de mis recónditas aventuras al dormir. Siempre desperté y soñé más. ¿Acaso habré pensado, ahora me pregunto, que tal vez era el sueño la realidad y la realidad la fantasía de un sueño viviente?

            La realidad siempre fue para mí indudablemente el escenario perfecto para soñar. No por su falta de imperfecciones, sino por el exceso de las mismas. Porque qué bien se siente sufrir, qué bien se siente perder, qué hermoso es saber que hay algo que me falta; y aunque sepa que nunca lo tuve, y por ende no puede faltarme, nada es más vigoroso al despertar que desearlo. Así surge el deseo, así siempre me poseyó, sin preguntarme, sin pedirme permiso, simplemente apoderándose de mí. Qué bien se siente sufrir, porque qué bien se siente desear, y qué bien siempre supe hacerlo.

            Una vez que el deseo despierta, nada lo detiene, y así fue en mí, nunca hubo obstáculo suficiente para desangrar al deseo y pulverizarlo. Lo que deseé, conseguí casi siempre, por alguna extraña razón, no tenerlo por completo. Así fue que al final del sendero del deseo siempre había encontrado deseo también, un nuevo principio, un anhelo que se producía mágicamente con una pizca perfecta de ansiedad y angustia. Más tarde comprendí, tristemente, que el problema no es desear, el problema es la realización del deseo, porque no existe psicología humana suficiente para acoplarse al cumplimiento del mismo. ¿Existirá quién pueda vivir sin desear habiendo deseado antes? ¿Habrá quién pueda desear sin sufrir? ¿O será acaso que, cómo Darwin hubiera conjeturado, fui creado dentro del sufrimiento, y mi mente pincelada por los esfuerzos inmundos de la naturaleza que creó nuestra incestuosa psicología del sufrido deseo?

            Cual fuere la razón última de la psicología del sufrido deseo no me importa. ¿Cómo podría importarme cuando lo único que me importa es lo que siento aquí, en mí? Si la naturaleza evolucionó el deseo desgarrador, por simples accidentes que permiten a quienes viven así tener mejores probabilidades de supervivencia, es algo inconsecuente e irrelevante para mi vida. Lo único que puedo vivir es lo que siento, y lo que siento siempre supo, hasta ayer, despertarme en la recursividad del deseo y el sufrimiento, para poder vivir. Pero entonces, ¿cómo pude hoy, después de tantos años, fallar al desear? ¿Cómo pude un día ya no despertar en un sueño, sino más bien en una frígida realidad, en la que su árido desierto destruyó cualquier desiderata? Por primera vez, hoy me doy cuenta que desear tiene fronteras. Hoy al despertar, todos aquellos anhelos no me siguen más, ya no cobran vida conmigo. Aquí y ahora, ya sólo me queda un viejo síndrome de Fausto, de aquél ignorante inhumano que piensa–peor aún que siente–que ya todo lo ha cumplido. Es así, en la inflexión última del deseo en su realización, que desear se muestra como el verbo inalcanzable que es, el que nunca se logra, y sólo sin lograrse se cumple.

            ¿Qué fue lo que me despertó del sueño de la vida hoy entonces? Seguramente fue un cúmulo de factores. La dichosa razón por delante, desde luego. Le llamaron al surgimiento de la razón la ilustración, dice Foucault; sin embargo, yo sé ahora que no es un despertar a la luz, sino un perecer de la vida, del deseo, de todo lo que significaba ser yo. Por eso el espejo ya no me refleja. No existo. Soy silencio, una narrativa sin tono, una letra sin ritmo, un cuerpo vivo pero inerte, inerte de deseo. ¿Qué hay después del deseo? Ésa es la única pregunta que me queda. ¿Cómo se vive sin querer desear, y cómo se desea sin poder querer? Tal vez no hay nada. En el boulevard de los sueños rotos de Sabina sólo queda el vacío, un vacío que sólo una ilusión pensé podría llenar. Así se refleja, entonces, mi rostro todavía en el espejo, pero no soy yo, hoy me doy cuenta, me doy cuenta que estaba muerto. Hoy sé, que hace tiempo dejé de existir, y que el rayo de luz de ese reflejo inquietante del espejo, es sólo el del desdén de las fantasías que un día, como Lacan auguraba, se pulverizaron en mis manos al tocarlas. Pero sigo aquí, a pesar de todo. No existo, pero soy, no vivo, pero me expreso, así, como dijo Casona alguna vez, muerto por dentro, pero de pie, como un árbol…   

                 

 

 

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